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Phish en Barcelona

Sala Zeleste
Crónicas | 08/07/1998
Cuesta creerlo, pero el reconocimiento popular que la gente de nuestro país concede a la banda norteamericana Phish es para sentir lástima. Cuando pregunto a alguien si conoce al grupo el noventa por ciento de mis encuestados me preguntan si todavía existe aquel grandullón imita–Genesis llamado Fish que fue cantante de Marillion. Yo alucino.
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Phish, el grupo, con ocho álbumes oficiales publicados, es ahora mismo "la gran esperanza blanca del rock norteamericano". Se formaron como cuarteto en 1983 en el área universitaria de Vermont. En su música se aprecia la influencia de las grandes glorias del rock'n'roll yanqui y, sobre todo, una enorme herencia de los míticos Grateful Dead. Desde 1988, año en que editaron Junta, su primer álbum, Phish ha llevado una trayectoria artística siempre cuesta arriba, pero sus discos, y sobre todo sus conciertos, les han hecho ganar adeptos hasta crear, posiblemente, la legión de seguidores más fiel que puede tener un grupo musical en el mundo. Phish tiene vía Internet (Phish.com) un mercado de colgueo y relaciones de intercambio de material sonoro, visual, y de consultas plenamente recomendable. El pasado año, coincidiendo con la edición de Billy breathes, su séptimo álbum, tocaron en el Doctor Music Festival, pero lo hicieron sólo durante una hora, tiempo insuficiente para disfrutar de su música. Tras el verano editaron Slip stich and pass, un directo grabado en Hamburgo en medio de una gira que les ha llevado por locales medios y pequeños en contraste con la que realizaron en América en el 95 (con aforos de hasta sesenta mil personas) y que dio lugar a A live one, grabado también en directo. En junio de este año se anunció la visita de Phish a Europa con cuatro fechas en Dinamarca, dos en Praga y… ¡ojo! tres shows en Barcelona. ¿Cómo es eso posible si aquí venden tan poco? ¡Y encima está todo vendido! Yo alucinaba con ver un show completo de Phish; así que me lo monté y me planté en Barcelona para presenciar uno de los conciertos, ya que, aunque me hubiera gustado, no podía quedarme a ver los tres shows. El motivo para no perderse nunca un concierto de Phish es que, vayan donde vayan, todos sus shows son diferentes. El que nos ocupa tenía previsto su inicio para las 21:30 y reunió como público a una gran mayoría de guiris, sobre todo norteamericanos, algún residente en la ciudad de Barcelona y dos madrileños, entre los cuales me encontraba. Antes de empezar el concierto vi cómo los miembros del grupo charlaban con la peña que hacía cola para entrar con unas maneras de lo más naturales. Cuando entré a Zeleste la sala ya estaba abarrotada; me coloqué detrás de la mesa de sonido y me encontré como unas treinta miniunidades móviles con micrófonos (algunos de lo más sofisticado) conectados a DATs portátiles preparados para grabar el concierto. ¡Qué pasada! Avanzadas las diez de la noche, Phish apareció en el escenario con Page McConell rodeado de teclados y al frente de un piano de cola. A su lado, Trey Anastasio con su guitarra y poniendo la voz (sin desmerecer a los demás podría decirse que Trey es el cerebro del grupo). Mike Gordon, el bajista, estaba situado a la derecha y, subido en un podio, John Fishman con su batería. Antes de que comenzaran a tocar Zeleste era un completo flash fotográfico con más de mil cámaras disparando en un recibimiento difícil de describir. Se colocan sus instrumentos y se ponen a tocar… ¡lo que les da la gana! ¿Cómo puede esto ser así? La respuesta está, sencillamente, en el mogollón de camisetas de Grateful Dead que había en la sala, ya que Phish hacen lo mismo que hacían los Dead: improvisar. Dejan grabar los conciertos, hacer fotos y no repiten nunca un show, lo que crea una fidelidad en sus seguidores que llega casi al fanatismo. Como me decía Pachi Escolano, productor y miembro de Casablanca, que también presenció el concierto, es "religion whitout belief" (la religión sin creencia). Musicalmente, Phish son impresionantes, con un gran dominio de las estructuras musicales del rock, de los tiempos en el ritmo y de las armonías en las melodías. Liando y desliando, subiendo y bajando la intensidad de la música, sorprenden cuando improvisan y asombran con un control absoluto y con su manera de tocar y crear tan anárquica. Es una tontería centrarse en los temas que tocaron, ya que nunca repiten, pero el abanico fue amplio: salsa, samba (como el mejor Carlos Santana), country, rockabilly… practican el mejor rock con recuerdos descarados a Led Zeppelin e hicieron una "jam heavy metal". Ejecutaron desarrollos psicodélicos como los que Pink Floyd hacían en Pompeya, rememoraron a los Doors y terminaron con una versión del Johnny B. Good además de un bis irreconocible. Hay que señalar que en estos shows están tocando como adelanto temas que se incluirán en The story of ghost, su próximo disco. En total fueron tres horas y media de actuación con un pequeño intermedio de descanso. En el concierto había gente que parecía hasta ir de picnic, con sus merenderas y termos de bebida. Y es que un concierto de Phish es toda una fiesta del rock.
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