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En portada > Crónicas > Los Enemigos, Sala La Riviera (Madrid 06/04/2002)

Los Enemigos en Madrid

Sala La Riviera
Crónicas | 14/05/2002
Si tenían que despedirse no lo pudieron hacer de un modo más elegante. Puede haber rockeros que sean anti cualquier cosa y cuyo mayor placer sea darle al litro, pero Enemigos, ante todo, son unos señores (independientemente de lo otro). Y los señores, cuando se van, lo hacen por la puerta indicada, saludando al personal y dejando el grato recuerdo de su visita.
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A los Enemigos no se les podrá olvidar mientras que en esta ciudad siga habiendo un grupo de rock. En estos momentos ya da lo mismo que los medios de comunicación no estén a la altura de las circunstancias y que un hecho como éste sea menos trascendente para ellos que los calcetines de Raúl o los triunfadores de “Operación Triunfo”. Para saber estar, ya están Josele, Chema, Fino y Manolo. Y eso es una virtud que no se agota aun cuando se de por cerrada su etapa musical juntos.

Cuando uno va a dar el adiós a una de las bandas míticas (sí, por qué no) de esta ciudad (¿país incluso?) lo que más desea es que el recuerdo del hecho permanezca y que la tristeza de la desaparición se tiña con la alegría de un buen concierto. El cuarteto, reforzado por Pablo Novoa, no dio un buen concierto: dio tres… y enormes. Hasta tres horas tuvieron el escenario ocupado en el último de ellos sin dejar en el cajón absolutamente ninguna canción que el más exigente fan pudiera esperar. Era la última posibilidad y no escatimaron entrega, ni en material ni en actitud.

Puede que, puestos a poner pegas, alguno echara de menos algún invitado (sólo compartió escenario con ellos Julián Hernández; Raimundo Amador y Manolo UVI se apuntaron a la traca final), pero… ¿para qué? Creo que todos los músicos de Madrid se habrían negado en pleno a restar a los Enemigos un segundo de atención, una mirada o un aplauso en el día del que se trataba. Los amigos están para eso: para ayudarte cuando hace falta y aplaudirte cuando no.

Y es que, hay que admitirlo, los Enemigos se nos van en el mejor momento, en aquél en el que el entendimiento entre sus miembros es total cuando se presentan en vivo y en el que su equipo de directo (técnicos, luces…) es un verdadero aluvión. Es una verdadera lástima que todo el talento que surge cuando están juntos pese menos, en la jerarquía del cuarteto, que el sentirse a gusto consigo mismo. Verlos en directo en el último año ha sido como ver crecer a un cachorro: si ya lo hacían bien antes de comenzar la gira de “Obras escocidas”, a lo largo de este tiempo no han hecho sino mejorar, mostrar capacidad y exhibirse como una de las mejores bandas que, en España, pueden ponerse delante del público sin necesidad de imitar a nadie que hable inglés.

Su despedida abordó todas sus facetas: sus mejores canciones, sus aventuras (Fino cantando, por ejemplo), sus tiempos variados, sus letras imprescindibles y, sobre todo, su capacidad para crear comunicación allá donde exista buena gente. Reunir encima del escenario a casi todos los responsables de que la banda haya terminado siendo lo que es no viene sino a demostrar que uno de los mejores grupos de rock de este planeta no tiene por qué ser, en el fondo, más que un grupo de amigos con una pasión y una capacidad por encima de lo normal.
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