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En portada > Crónicas > Festival Serie Z, Recinto IFECA (Jerez de la Frontera 06/09/2002)

Festival Serie Z en Recinto IFECA

Jerez de la Frontera
Crónicas | 16/10/2002
A cualquier aficionado al rock le hacía tilín el cartel de este recién inaugurado festival. Bien es cierto que la mayoría de los estrellones que se iban a pasar por allí también lo harían un poco más tarde por otras ciudades españolas, pero una parte del encanto que tiene todo festival que se precie es, precisamente, poder verlos a todos juntos por un precio razonable y aderezarlo de una vidilla especial que, habitualmente, dan los grupos de amigos que se desplazan a este tipo de eventos.
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En un momento en el que los festivales mayoritarios están girando decididamente hacia el pop y siguiendo las pautas marcadas por las empresas mediáticas y discográficas más grandes, resultaba sano para la escena que alguien se atreviera a montar un festival temático tan concreto como era este “Serie Z”. Difícil era encontrar aquí a grupos que sonaran en “Los 40” o que vendieran cientos de miles de discos: el asunto intentaba, en lo posible, dar una semblanza del rock’n’roll actual dejando cualquier tipo de etiquetas modernas y pasajeras para otros festivales. De ese modo, no pasó por Jerez la idea de añadir al cartel grupos de metal y sus variantes; incluso el heavy quedó olvidado del cartel. En ese aspecto, bueno será recordar que los aficionados al género de las melenas y los solos tienen el “Rock Machina”, que trabaja más o menos en esta misma dinámica: allí sólo hay heavy, un género que malamente encuentra acomodo en los festivales que no sean el “Viñarock”, el cual dedica un escenario temático exclusivo para él.

El “Serie Z” elegía su cartel entre grupos guitarreros y ciertamente clasicotes en sus ofertas, agrupaba con cierto criterio el panorama nacional más underground y unía a algunas de las bandas que más repercusión internacional han tenido últimamente dentro de este género. Se permitía, incluso, reunir a uno de esos grupos que aúna en su historia toda la leyenda de los malditos y una discografía digna de encomio, Hanoi Rocks, con el auténtico Michael Monroe al frente. Las entradas podían adquirirse en plan de abono o para días separados, aunque, por lo visto, la mayoría de los asistentes prefirieron la primera oferta habida cuenta de que el público fue muy similar durante las dos jornadas. El festi organizaba también una “fiesta de bienvenida” el día anterior a su inauguración con entrada gratuita, un modo inteligente de promocionar el evento en el mismo Jerez, lugar en el que sus habitantes aún no han comunicado en demasía con este tipo de música.

En total, a lo largo de los dos días, pasarían por un único escenario hasta diecinueve grupos, algo que, a la postre, terminó siendo exagerado si tenemos en cuenta que, en su primera edición, el “Serie Z” tuvo el defecto de no dejar circular a los asistentes permitiendo únicamente una entrada al recinto, es decir, que quien entraba no podía salir y volver a entrar. Eso obligaba al personal a ir preparado para todas las contingencias que le pudieran pasar en el montón de horas que duraba cada una de las dos sesiones, algo poco acertado si tenemos en cuenta que, además, el recinto de IFECA no estaba preparado especialmente para un evento de este tipo: no había sombras, el número de servicios era mínimo y cualquier tipo de comida o bebida que quisieras consumir tenías que comprarla dentro del mismo recinto. El escenario, además, no estaba cubierto, lo que obligaría a una suspensión en caso de lluvia. Y, aunque es muy cierto que un septiembre en Jerez de la Frontera no es, precisamente, un riesgo de agua, a todo el mundo se le puso un pequeño nudo en la garganta cuando el segundo de los días el cielo empezó a gotear. Afortunadamente, y como se preveía, aquellas gotas fueron todo el agua que cayó en Andalucía durante esa semana.

Musicalmente, un festival como el “Serie Z” está planteado básicamente hacia fans de un estilo concreto, ya que, aunque existe una cierta variedad, lo cierto es que la misma se da dentro de un estilo bastante cerrado. Caña constante y guitarras a diestro y siniestro eran la oferta casi continua, y, si tenemos en cuenta que uno no podía decir en un momento dado “me voy a dar una vuelta y luego regreso”, hay que admitir que un buen número del público mostraba signos evidentes de saturación cuando el tiempo empezaba a pasar. Eso derivó, lógicamente, en que los primeros grupos apenas tuvieran audiencia y que la más envalentonada, capaz de aguantar en el recinto hasta doce horas, prefiriera ver a las bandas desde los mínimos trozos de sombra que se podían encontrar cerca de las paredes laterales. Un poco más adelante, cuando el sol ya había bajado en el horizonte, todo iba cogiendo su ambiente natural gracias a una mayor afluencia de público y a una circulación más lógica de éste sobre la explanada del IFECA.

El cartel del primero de los días lo componían Sol Lagarto, Ultracuerpos, Revolvers, Speedbuggy USA, Backdraft, Sewergrooves, Five Horse Johnson, Nashville Pussy y Hanoi Rocks. Las primeras bandas hacían sets cortos que iban de los veinte minutos a la media hora, aunque eso no impedía que metieran en sus repertorios más de una docena de canciones cortas y sumamente rápidas. Después las ofertas foráneas ampliarían un poco el espectro, yéndose del rock sureño con cierto corte de blues a un rock duro que hacía algún que otro guiño al heavy menos manierista. Five Horse Johnson, por ejemplo, se mostró contundente dentro de una línea sumamente americana en la que no faltaron ninguno de los tópicos yanquis, Nashville Pussy ofreció un excelente concierto con un repertorio variado que igual recordaba a Motorhead que a AC/DC, y Hanoi Rocks evidenció que, detrás de la leyenda, ya queda poca cosa. El grupo sonó mal y no se desenvolvió como un cabeza de cartel. Todo lo que ofreció vino de la mano de un Monroe muy eficaz a nivel visual y, excepto por los clásicos de su repertorio, en ningún momento dio la sensación de ser un grupo preparado para cerrar un evento de este tipo. Mientras los Nashville sí convencieron en un set pleno de intensidad, arrojo y actitud no falto de muy buenas ejecuciones, los Hanoi Rocks dejaron un sabor de boca agridulce demostrando que el tiempo pasa para unos de mejor manera que para otros. Habría que aclarar, al hablar de esto, que la mayoría del público que se congregó en Jerez ya no cumplirá los treinta y que los chavalines, tan habituales en otro tipo de festivales, no aparecieron por el recinto en un gran número. Con los Hanoi en el escenario y con una edad mayoritariamente adulta en la arena aquello tenía un cierto toque decadente que ilustraba muy bien dónde están situadas ahora formaciones como la liderada por Monroe.

La teoría indicaba que el segundo de los días el resultado sería, a nivel musical, mejor que el primero. Y, básicamente, sí lo fue, aunque no en tan alta medida como cabía esperarse. Después de que la oferta española (representada por los Nuggets, Señor No y PPM) diera su ración de punk centrada en sus próximos trabajos discográficos, Ragin Slab dijo bien poco ante la satisfacción que dejaron en el escenario los Bellrays. Estos parecieron convencer a la mayoría del personal convocado en ese momento y satisficieron con uno de los mejores conciertos del día.

Más tarde, los Nomads ejercieron de clásicos con un repertorio muy al uso y sin subidones espectaculares, algo que también hizo Southern Culture on the Skids, presentándose en escena con mucha gracia pero con poca enjundia. Diamond Dogs, sin embargo, se mostraron tan solventes como acostumbran, con un vocalista que recuerda una barbaridad a Rod Stweart y con un repertorio que abunda en lo melódico bien interpretado. Su set resultó de lo más agradable, ya que ofrecía un cierto descanso sonoro antes de la descarga de Supersuckers y Dictators.

Supersuckers van convenciendo, con el paso de los años, de que son una banda que no mejora, así que sus conciertos van haciéndose, con el tiempo, tan tópicos como presumibles. Apuntan alto, disparan y, en el fondo, todo queda como una ráfaga de ametralladora en la que los temas se suceden sin una marca de fábrica concreta. Son divertidos, sólidos en sus ejecuciones, pero faltos de carisma, algo que se nota cuando antes de ellos han tocado ya otros ocho grupos de un palo muy parecido.

Ante lo que había dado de sí la tarde, se esperaba con ganas la presencia de los neoyorquinos Dictators, pero todo el mundo pareció agachar un poco la cabeza al comprobar que la banda subía al escenario solamente con un guitarrista. Sin necesidad de entrar en más detalles, el caso es que dicha ausencia no parece haber traído consigo el que el grupo se plantee funcionar como un cuarteto y eso ha afectado a su material de un modo considerable. Si canciones escritas para dos guitarras no son adaptadas cuando una de ellas falta lo menos que se puede hacer es coger un segundo guitarrista, aunque sea ocasional. Sea por lo que sea, los Dictators no lo hicieron y la mayoría de sus canciones sonaron faltas de garra y a un nivel muy inferior al que nos tienen acostumbrados. Bien es cierto que el público, aun asumiendo la carencia, intentó disfrutar del resultado, pero nadie podía negar que, en esta ocasión, el grupo no había estado a la fantástica altura a la que suele brillar. Con ésas, de lo que se trataba era de pasarlo bien y terminar la noche con argumentos suficientes como para volver el año que viene.

En principio, por los comentarios recibidos de los organizadores, lo visto en este año servirá para mejorar la próxima edición. Si bien el público no fue muy numeroso, el hecho parece asumirse como el peaje propio de un festival centrado en una música muy concreta que empieza a caminar en un sitio que, precisamente, no está en el centro de nuestra geografía. Lo escuchado apunta más a un cartel más escogido y escueto que se concentre en una sola jornada manteniendo como gratuita la fiesta de bienvenida. Veremos si el asunto da de sí y si los aficionados al rock más clásico son suficientes como para mantener viva la idea.
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