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The Dictators en Madrid

Sala El Sol
Crónicas | 28/10/2000
En su último paso por Madrid, los Dictators estuvieron, simple y llanamente, geniales. Y cualquier otra forma de tratar de expresarlo es pura redundancia. Al salir de la sala de Jardines no se me ocurría otra cosa que deshacerme en agradecimientos a la gente que periódicamente nos acerca estas joyas a los aficionados de Madrid. En esta ocasión fueron las personas de Record Runner quienes, sólo por haberme quitado quince años de encima con este concierto, tendrán mi gratitud de por vida.
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En una ocasión uno de mis amigos me comentó que lo que a él le gustaba de verdad era el rock. Yo, deformado con todo esto de las etiquetas, le pregunté "¿Qué rock?". Su contestación fue lapidaria: "el anroll. ¿Es que hay otro?".

Escuchando a Dictators, la frase de mi amigo se volvía dogma de ley. Se podrán poner etiquetas y adjetivos al rock en cada una de sus facetas y estilos, pero, a la hora de llegar a la piel, todo eso sobra: un buen rock'n'roll es un buen rock'n'roll. Luego, que cada uno lo toque o lo cante como quiera.

Los neoyorquinos, con un historial a cuestas propios de superestrellas y unos fieles seguidores capaces de esperar cada año su cita eucarística con el grupo, son uno de los mejores ejemplos de que la edad, el sonido o la imagen son argumentos válidos únicamente para los mirones de microscopio. Ellos llegan al escenario y se pasan todos esos argumentos por el forro de los pantalones. Sueltan su música prensada y dejan al personal atónito. Son de quienes piensan que donde hay sudor sobra el maquillaje, que donde hay pasión está de más el arreglo pintoresco y que donde viven los cuatro acordes no hacen falta las orquestas sinfónicas.

Entrar en El Sol y sentir un torrente sonoro fue todo uno. Y no porque esta gente sea de la que atruena a diestro y siniestro con un volumen dañino, ni porque el show desplegado te envuelva entre luminotecnia y diapositivas de diseño. No. Era simplemente porque este grupo es de los que cuenta con sonido y personalidad para borrar del mapa a medio universo musical. No porque sea mejor o más original, sino porque da a la música una de sus principales virtudes: vida.

Ver a Manitoba, Shernoff y compañía en el escenario es como tomarse siete cafés en un minuto, dejar tus sentidos al aire para que llegue alguien y se aproveche de ellos. Algo similar a desnudar tus oídos desconectando por completo de lo que tienes a tu alrededor. Cuando empiezan a sonar, ellos son los dueños del tiempo y el espacio y te convierten en una especie de ente que no vuelve a tener sentido sobre sí hasta que la música para y el murmullo de la gente vuelve a aparecer. Es como estar en el cielo pero con la música del infierno.

¿Cuál es su misterio? ¿Qué tiene esta banda que, cada vez que pasa por aquí, hace que te replantees si lo que has visto a lo largo de los últimos meses valía realmente la pena? No lo sé. No tienen discos nuevos que engrandezcan su repertorio, ni montajes espectaculares cargados en trailers, ni glamour de rockstar embutida en cuero. Tienen lo que hay que tener: esa magia que convierte al rock'n'roll en una música apasionada, directa, viva.
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