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En portada > Crónicas > Steve Vai, Sala La Riviera (Madrid 23/11/2001)

Steve Vai en Madrid

Sala La Riviera
Crónicas | 10/01/2002
Hay muchas, y muy diferentes, maneras de abordar un instrumento como la guitarra. Unos se sirven de ella como mero acompañamiento rítmico de melodías, otros la usan como un icono viril con el que actúan más que tocan, muchos la usan como elemento primordial de composición y ejecución y, los menos, encuentran en la guitarra un campo de investigación sonoro. En el concierto del pasado 23 de noviembre se pudieron ver dos de las diferentes maneras de utilizar el famoso instrumento.
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Lo de Eric Sardinas pudiera ser el ejemplo del tipo... "habitual": la guitarra es la prolongación expresiva del artista, su alter ego. Sardinas tiene talento a la hora de hacer blues, pero no sería nadie sin su habilidad guitarrística. En directo, es de las personas que conecta a la primera simple y llanamente porque ejerce esa virtud con su instrumento: no lo tiene ahí para otra cosa que no sea hacer música. Se basta y se sobra para montar el espectáculo y lo mismo le daría tener una guitarra entre las manos que una escoba. Cuando elige lo primero es porque lo necesita para lo fundamental.

Lo de Vai es diferente. El no se presenta al público como un artista de la música, sino como uno de la guitarra en sí misma. Su público le sigue, mayoritariamente, por la forma en que toca y no por lo bella que pueda llegar a resultar su música. En base a ello, el personaje ejerce de profesor universitario, dando clases magistrales y dejando boquiabiertos a sus alumnos, los cuales, en una particularidad inusual en otros conciertos, están más pendientes de sus dedos que de sus melodías.

Lo malo que tienen las clases con profesor erudito llega cuando éste se pone "espesito", cuando, para señalar donde está la capital de Francia, te cuenta toda la historia etimológica de la palabra "París". Cuando Vai da una de sus lecciones magistrales todo el mundo parece embobado con ellas; pero, cuando empieza a divagar, la gente está deseosa de que llegue la hora del recreo. Bien es cierto que Vai trata de aportar en su espectáculo sensaciones visuales que hagan todo más llevadero (su continuo cambio de vestuario, los duelos lapidarios con sus compañeros de banda...), pero, aun así, se pone pesadito cuando trata de explicar a la audiencia las mil y unas formas diferentes para hacer ruiditos con la guitarra desatendiendo por completo lo que debería ser el orden fundamental de las cosas.

Vai no estuvo, en su última visita a nuestra ciudad, a la altura de otras ocasiones. El acompañamiento de Toni McAlpine, que se anunciaba como un "duelo al sol" entre dos virtuosos, se quedó en una refriega de cantina y, donde en otras ocasiones hubo pasión incontenible, en ésta todo tenía un aire de conferencia demasiado previsible. Resulta innegable que la enorme cantidad de músicos que Vai tiene como público volvieron a alucinar con las evoluciones del maestro, pero, más allá de aquello, la música del artista quedó resentida en esta ocasión por un exceso de megalomanía. Quien toca tan estupendamente como este hombre no tiene por qué demostrarlo en todo momento. Más práctico resulta aprovechar tal virtud para ofrecer música de quilates en lugar de fuegos de artificio.

El bueno de Steve dio, en esta ocasión, más pólvora que explosiones. En fin...
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