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Viña Rock 2001 en Villarrobledo

Crónicas | 04/05/2001
Mirándolo así todo parece muy fácil. Si colocas cuatro escenarios temáticos y metes en ellos a los mejores artistas de este país lo más normal es que consigas abarrotar un recinto de gente. Ahora bien: si eso es tan sencillo, ¿cuál es el motivo para que solamente el Viña Rock siga esta dinámica y el resto de los festivales se empeñen en pagar a artistas extranjeros con nulo poder de convocatoria más de lo que ofrecen a los músicos de aquí que, al fin y al cabo, son quienes convocan al público?
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El recinto del Viña Rock tiene una especie de prolongada ladera detrás de los escenarios. Si te subes a ella puedes contemplar toda la explanada situada al frente del escenario principal y la vista es, durante el día de celebración del festival, algo similar a un vagón del metro de Tokio multiplicado por diez mil. No se ve la arena y lo único que sobresale por encima de las cabezas del público es la torre de sonido que alberga todo el instrumental necesario para que los músicos que están en el escenario se hagan oír. Ni que decir tiene que uno no ha visto nada parecido en ninguno de los demás festivales a los que he asistido en España.

Pero no es solamente eso lo que llama la atención del Viña. Junto al escenario principal hay situada una carpa enorme (¡enorme!) que tiene dentro de sí otro escenario dedicado específicamente al heavy. El espacio destinado al público también está ocupado por completo.

Al lado de ésta hay un tercer escenario abierto que también congrega a una marea enorme de personal. Y a su derecha, otra carpa más dedicada al hip hop que obtiene el mismo resultado. En total son cuatro escenarios y los cuatro llenos. ¿Quiénes son los artistas capaces de convocar a toda esta gente y de llevarlos a un sitio tan perdido como es Villarrobledo? ¿Son la última sensación del "nu metal" americano, el grupo pop de moda que ocupa la portada del "New Musical Express", el más reciente invento del "post rock" de la costa oeste, la diva del "dance" alemán, el "famosísimo" grupo de trip hop de Bristol o los heavies pintados y recién pasados por la peluquería "fashion" de Nueva York?

Pues no, para nada. Aquellos festivales que han conseguido contratar a las lumbreras de todo el orbe planetario no pueden, ni de lejos, acercarse al resultado obtenido por los organizadores del Viña Rock cuando éstos deciden llenar su programación con gente mucho más sencilla y cercana: artistas españoles, que hablan castellano y que venden discos a paletadas.

El hecho, no por repetido (año tras año pasa exactamente lo mismo), deja de ser asombroso. El resto de los festivales que cubren la geografía se felicitan siempre por obtener, como cabeza de cartel, al más curioso de los personajes que andan por ahí de gira. El Viña, sin embargo, tira de teléfono y aglutina en sus cuatro escenarios a lo más granado del panorama nacional en cuatro de sus géneros. Con ello consigue en cada edición un cartel envidiable que termina resultando, como se podía prever, un exitazo de público que no puede ni soñar el resto de los organizadores.

Uno puede preguntarse a qué obedece el sistema de contratación de este tipo de eventos y, visto lo visto, habría que empezar a pensar en un cierto complejo de inferioridad con respecto a la música española o en un snobismo sin sentido que lleva a los festivales a proponer artistas sin ninguna repercusión alegando siempre que eso se realiza "para su propia promoción". Nadie va a poner objeciones a que en un cartel de ochenta grupos haya bandas primerizas que están buscando sus primeros contactos con los escenarios grandes, pero, ¿por qué, a la hora de hacer eso, no conceder esas posibilidades a artistas españoles antes que a mindundis que pasado mañana no son absolutamente nadie? ¿Por qué negar la evidencia de que muchos cabezas de cartel que se llevan una millonada en sus zurrones no son sino artistas de tercera división dentro del panorama español?

El Viña demuestra, año tras año, lo que se puede conseguir aglutinando una programación con nivel. Cualquier tipo de comparación con el resto de los festivales (te guste más o menos una u otra programación) no puede tenerse en cuenta porque debería hacer sonrojar a quienes no son capaces de convertir un festival en lo que se supone que ha de ser: la fiesta más grande del año para quienes disfrutan con la música.

Hay quien puede señalar que el éxito del Viña Rock viene dado solamente por el precio de su entrada y, aunque eso no sea cierto, la excusa simplemente valdría para poner más en entredicho el resto de las programaciones. Si se pueden meter 37.000 personas en un recinto al precio de 4.500 pesetas, ¿por qué encarecer más la entrada? Lo único que consigue eso es manipular los precios de mercado y hacer que una banda de por ahí se permita cobrar, sin ofrecer nada a cambio, mucho más que un músico de aquí que obtiene una enorme repercusión de cara al público.

Obviamente, cada uno tiene su negocio y lo maneja como quiere, pero, desde fuera, se hace muy difícil entender cómo el asistente a un festival tiene que soltar una talegada cuando lo más que se le ofrece es un grupo con cierta repercusión en Liechtenstein.

Sirva lo anterior para explicar cómo se siente uno cuando se fuma un cigarro en la famosa ladera. Atrás han quedado ya los malos rollos del día anterior en los que se comprueba que Villarrobledo puede no ser el mejor sitio para montar una cosa con tanta trascendencia. Actualmente todo el mundo pretende hacer su agosto en el mes de mayo y hasta los taxistas te cargan un suplemento "extra" por el simple hecho de no ser del pueblo. Si a eso le añades la mínima infraestructura hotelera de la que dispone la población podrás hacerte una idea de lo que supone aterrizar en dicho pueblo un viernes cuando está cayendo una buena chupa de agua y el hotel que has conseguido pillar llamando con tres meses de antelación se encuentra a diez kilómetros del recinto del festival.

Sí. El viernes no fue mi día. Había convencido a mi chica para que me acompañara al Viña en esta ocasión y, juntos, nos proponíamos un fin de semana musiquero que nos permitiera desconectar de lo habitual de nuestra vida en Madrid. Si llego a tener un poco menos de suerte mi chica se vuelve en el primer autocar del sábado.

Después de instalarnos en el hotel de carretera que pude conseguir convencimos a un camionero de que nos acercara al pueblo. Yo animaba a mi chica con aquello de "Mira, como en las películas", pero la cosa no parecía funcionar. Y fue a peor cuando, tras bajarnos del enorme trasto, tuvimos que andar una media hora hasta llegar al recinto del festival.

Tras la lluvia caída durante todo el viernes los accesos al recinto eran una especie de chocolate tirado en el suelo que iba ganando pastosidad según era pisado más y más por la enorme mara de gente que pretendía lo mismo que nosotros. Al llegar a la entrada nos piden la pulsera que acredita el haber pagado el ticket y yo, con mi cara más descompuesta, pregunto: "¿Pero no era gratis la fiesta de presentación?". Pues no. Al parecer alguien se ha equivocado mucho al anunciar este particular porque, para entrar el primer día, también era necesario haber pasado por taquilla. Afortunadamente, la persona que controlaba el tinglado prefirió dejarnos pasar antes que hacernos montar un pollo enorme para retroceder lo andado por el canalillo de entrada que estaba atestado de gente. Aunque no abrió la boca, me pareció oír que mi chica pensaba algo como "Anda que, con lo que te enteras de las cosas, lo llevamos claro".

Una vez dentro ("¿Lo ves? Ya ha pasado todo") curioseamos entre la enorme cantidad de puestos del mercadillo y terminamos llegando ante el monstruoso escenario que ejerce de principal. Allí estaban tomando los trastos Super Skunk y, después de darnos un mínimo voltio para ver dónde estaba cada cosa, nos pusimos a verles aderezando la escucha con un bocadillo de panceta (quinientas) de esos que llevan mucho pan y poca panceta. Un litro de calimocho (setecientas) hizo la cosa más fácil, aunque los miembros de Super Skunk parecían un poco impresionados por el número de gente que iba trasladando sus huesos de la enorme cola de la entrada a la explanada ante la que ellos tocaban. Nerviosillos y poco fluidos parecían, aunque temas como "Nadie como tú", de su último álbum, colaboraban a que el público fuera entrando en calor.

La gente estaba encantadora, desde luego, pero, aunque ellos entraran en calor, el ambiente no hacía más que bajar de temperatura ("No te preocupes. Dentro de un rato se nos pasa. Ya verás"). Aprovechamos para cumplir los trámites de acreditación ("¿Cómo que no estamos? Mira bien, haz el favor") y, después, curioseamos para hacernos cuenta de los accesos por los que podíamos y no podíamos pasar. En estas empezó a llover ("Verás como es sólo un ratito") y el suelo, como por arte de magia, parecía irse para abajo allá donde pisábamos.

Uno, por mucha voluntad que tenga, es tan débil de carácter que no puede negarle nada a su chica, por lo que, confiando en que la lluvia no arreciara, nos pusimos a buscar un taxi que nos devolviera al (ahora) encantador hotel de carretera que sirviera de albergue a nuestros cuerpos. En esos momentos el porcentaje de admiración que siempre he tenido hacia aquellos festivaleros que asumen este tipo de eventos con su tienda de campaña a cuestas se multiplicaba mientras veía cómo montaban su chiringuito sobre el barro y bajo el agua exactamente del mismo modo que si estuvieran en la playa de Levante con treinta y cinco grados a la sombra. Ellos, tan felices pensando que, después de construir su casita de fin de semana, iban a ver a O'Funk'Illo, Koma y Rosendo.

Llamamos a un taxi para que nos llevara a la carretera y nos contestó por teléfono que tardaría unos tres cuartos de hora, por lo que no nos quedó otra que empezar a andar preguntando a la gente uniformada hacia dónde teníamos que dirigirnos exactamente ("¿Pero se van a ir andando hasta allí? ¿Saben lo que dicen?"). Traté de convencer a mi chica de que andar es muy sano cuando sales al campo, pero ella no pareció entender mis argumentos pasada la primera media hora de caminata. "Podíamos tomar algo en cualquier sitio y así descansamos", le comento mientras la temperatura sigue bajando, pero ella, con esa gracia y simpatía natural que siempre tiene, se da una vuelta en redondo y me dice "Bien. ¿Dónde?". Lo único que había encendido en todo Villarrobledo eran las farolas de la calle.

Me callé y seguimos andando hasta llegar a los (ahora) preciosos neones que anunciaban nuestra llegada a la gasolinera al lado de la cual estaba nuestro (ya) fantástico hotel.

No hay mal que por bien no venga y el día siguiente apareció con una temperatura estupenda y con un desayuno radiante. Puestos a solventar el tema del transporte nos paseamos toda la cafetería del hotel buscando a alguien que fuera a irse al Viña Rock y, aunque todo el mundo que estaba allí alojado iba para el festival, los coches estaban completamente ocupados incluyendo bacas y maleteros.

Tuvimos la potra (no fue otra cosa) de que una semana antes hubieran puesto en Villarobledo una agencia de alquiler de coches y, aunque no tenían coches (qué cosas), nos alquilaron una furgoneta con la que mi chica tuvo posibilidades de probar su experiencia como afamada conductora. Con eso y con el sol todo parecía pintar mejor. Ella sonreía, por lo que me agarré a la idea de que, al final, íbamos a disfrutar del susodicho fin de semana musiquero que habíamos venido a buscar.

Al llegar al Viña conseguimos los horarios, fuimos a la zona del backstage y nos enteramos de que el escenario principal lleva una hora de retraso. El resto de los escenarios estaban colocados en línea, lo que facilitaba el trabajo de ir de aquí para allá para llegar siempre al cupo que conceden los artistas para tirarles las fotos pertinentes.

Por lo que me cuentan quienes les han visto, la gente de Marea ha puesto ya a botar a todo quien se ha acercado a verles, tónica que se repite en los escenarios que ya están funcionando y que están obteniendo, por parte del público, una respuesta estupenda.

El primero en subirse al escenario principal es Manolo Kabezabolo, que presenta aquí su último álbum y que ofrece uno de sus habituales conciertos en los que ataca un cerro de temas sin conseguir terminar ninguno. De todas maneras, la gracia que despierta entre el personal y la sencillez con la que este personaje se toma estas cosas hace que su actuación sirva de sabroso aperitivo para todos.

Los siguientes en presentarse aquí son Narco, banda que sigue creciendo poquito a poquito convenciendo con un directo contundente. Comenzaron mandando "A tomar por culo el mundo" y fueron desgranando su repertorio con sus peculiares historias y sus ácidas letras. "Siempre enmarronao", "Dios de madera" o "Si dos eran dos" fueron algunos de los temas que fueron presentando subiendo en cada canción la intensidad de lo puesto en escena. El cambio de cantante, aunque hay que sufrirlo, no parece haber supuesto demasiado inconveniente a su continuidad.

Mientras, en el "stage" (ahora todo se dice en inglés: backstage, catering, sound check...) patrocinado por "Sol Música" iban poniendo temperatura Sôber y Dusminguet antes de que Andy Chango apareciera arropado por toda la parafernalia que exhibe en "Las aventuras del capitán Angustia", su última obra. El argentino resultó pintón y aprovechó la circunstancia para una de esas proclamas a favor de las drogas que tanto le gusta hacer. Mayoritariamente, por lo visto, la gente compartía sus puntos de vista y, nada más bajarse del escenario, Andy pudo degustar un suculento menú combinado invitado por compañeros de la causa.

Barricada dio su disparo de salida con "Acción directa" y se marcó un set en el que agrupó sus temas clásicos ("Contra la pared", "Pasión por el ruido", "Abrir y cerrar", "No hay tregua") con cosas más recientes que, aunque fueron seguidas por el público, no despertaron la misma pasión que "Rojo" o "Animal caliente" cuando sonaron.

La primera caída de la tarde fue la de La Mala Rodríguez, quien no acudió a la cita prevista dejando su hueco para los aragoneses Mallacán. El grupo aprovechó su oportunidad, pero se mostró algo resentido por el hecho de aparecer en el festival como de sorpresa sin que nadie supiera ni quiénes eran ni qué hacían allí.

Según pasan las horas todo parece irse congraciando para entrar en el grueso del cartel con todos los resortes en su sitio. Hay gente para aburrir, las barras tiran cerveza por litros y los servicios (el fallo de siempre en este tipo de cosas) se ponen hechos un asco cuando, en teoría, apenas han empezado a hacerse imprescindibles. El sol colabora y el hecho de que los escenarios sean temáticos contribuye a que no haya demasiado trasiego de gente de aquí para allá. Da la impresión de que quien ha ido a ver un determinado estilo no tiene demasiada curiosidad por ver ningún otro.

Todo está preparado para Hamlet.

El príncipe de Dinamarca pasó a la historia, pero el nombre de Hamlet es ahora más reconocido en España que lo que nunca lo fuera la obra de Shakespeare. Los madrileños se han consolidado ya como una banda con un nivelazo destacable. Fue comenzar con "El mejor amigo de nadie" y teñir el cielo de Villarrobledo con un sonido de guitarras tan peculiar como trabajado. Al mismo tiempo, y aprovechando la intensidad que destilan piezas como "Dementes cobardes", "Egoísmo" o "Irracional", Molly (su vocalista) se ofreció en toda su plenitud y se mostró como un frontman de un talante extraordinario. Como era de esperar, cuando la formación dio los primeros acordes de "J. F." aquello se volvió boca abajo y permitió entrar en el fin de recta con el público totalmente entregado.

Coincidían con ellos Hechos contra el Decoro en el segundo escenario y el grupo necesitó algo de tiempo para quitarse el frescurri que parecían atesorar en sus huesos. Afortunadamente no tardaron demasiado en contagiarse de un público que, mayoritariamente, estaba por la fiesta. "Esto es lo que hay" o "Coge el sentido" empezaron a calar ya con cierta enjundia para ir consiguiendo, adecuadamente, llevarse a la gente a su orilla y engancharlos por completo con la "Danza de los nadie". La maquinaria instrumental de Hechos es de lo más sólida y, aunque pueden sorprender al principio a quienes aún no los conocen, terminan siempre imponiéndose sin necesidad de entrar en pachanga o en desparramos.

Mientras, otra de las ofertas más duras del día estaba comenzando a descargar en el escenario principal. El "Auténtico" de Soziedad Alkohólika ponía a prueba los equipos de sonido y permitía a los gasteiztarras comprobar que, una vez más, tienen al público de su lado. "Ratas", "La aventura del saber", "El máximo daño" u "Operación Menguele" eran dardos de dinamita que atronaban el recinto y que dejaban claro, si es que hacía falta, que los S.A. no tienen rival en su género. Si cualquier grupo guiri quiere triunfar con esto en España lo mejor que puede hacer es, antes que nada, ir a verles en escena. El grupo se hizo incluso unos bises en los que sonaron "Feliz falsedad" y "Nos vimos en Berlín", aunque, en esos momentos, mi chica y yo estábamos disfrutando como enanos con La Brigade, el grupo francés que acaba de publicar su debut en España y que resultó, de largo, lo mejor del escenario de hip hop. Esta gente toman lo justo de lo tópico y despliegan, con sus once personas en escena, un show de lo más vistoso sin necesidad de recurrir a posturitas de macarra deportivo.

Otro que no necesitó de mucho para conectar fue Tonino Carotone. Vestido con su uniforme sombrerero con levita, consiguió llevarse al gato al agua cuando entró en el terreno de pachanguita y letra ocurrente.

En mi opinión, lo mejor que tuvo el Viña Rock de este año fue, aparte de Hamlet, los Reincidentes. Mira que el grupo ha tocado ya por todos los rincones de la geografía y que han sacado discos a mansalva, pero todavía están en situación de mejorar y ésa parece ser su actual premisa. Entonando las letra de "Dolores", "Ya está bien" o "Vienes detrás" se apreció el hecho de que Fernando, su bajista y vocalista, cada vez se hace entender mejor y que, detrás de él, el engranaje guitarrero suena verdaderamente como un reloj. Después de hacer sudar al público con "Grana y oro" o "Qué sabe Dios" los andaluces se marcaron un homenaje a Joey Ramone con un agradable popurrí "ramoniano" que la gente tomó como regalo tirando sus puños al aire. Tras eso, "Resistencia" y "Jartos d'aguanta" consiguieron el desparrame generalizado haciendo temblar Villarrobledo al son de los botes del público. Aún quedarían más piezas ("Sal de tus trincheras", "Vicio"...), pero la batalla, si es que la había, ya estaba más que ganada.

El hecho de colocar a Albert Pla a las once de la noche podía parecer una especie de frenazo viendo cómo iba yendo todo el festival, con la gente perdiendo kilos y esperando tralla a mansalva. Sin embargo, una de las cosas que caracterizan al Viña Rock es que, en el segundo escenario, la gente gusta de la variedad y se muestra dispuesta a escuchar aquello que venga siempre y cuando no sea una chapuza. Albert tiene, quieras que no, un público amplio que se hizo notar cuando el catalán subió al escenario. Más de una y más de dos de sus canciones fueron ampliamente coreadas y, para quienes se quedaron con la cara a cuadros cuando le vieron sin conocerle, piezas como "Mi novia es una terrorista" hicieron que todos giraran la cabeza aumentando su interés.

En el escenario de hip hop fallaron Sólo los Solo, pero la sustitución por parte de los Violadores del Verso vino a demostrar que en esto no hay nadie imprescindible. Más o menos a estas alturas, los miembros de Obús señalaban que no estaban dispuestos a tocar con el sonido que imperaba en el escenario heavy, pero, con las mismas, a muy poca gente le importó la espantada dado que tanto Avalanch como Ñu eran bandas más que solventes para cerrar el cartel de dicho escenario. Fortu y los suyos tenían la peregrina intención de tocar en el principal, pero para hacer eso hay que demostrar mucho más de lo que actualmente demuestra Obús. La organización les propuso, incluso, albergarles en el segundo escenario, pero eso debía parecer poco a los madrileños. El caso es que la suspensión hizo que veinte personas un poco pasaditas se subieran a la tarima argumentando su protesta con malos modos.

Antes de que aconteciera todo eso Platero y Tú se explayaba en otro de sus shows en los que el repertorio ya es arma más que suficiente para dejar a la gente contenta. Poco pareció importar al público que el sonido no estuviera de lo más acertado en esta ocasión. En cuanto sonaban cosas como "Un abecedario sin letras", "Hay poco rock'n'roll" o "Alucinante" la explanada del festival se convertía en una coral que colaboraba a que el espectáculo fuera ciertamente bonito. Darse una vuelta entre el personal te permitía ver que el consumo de bebibles y fumables empezaba a afectar a la gente aun cuando el ejercicio físico colaboraba a que la mayoría del público fuera eliminando, adecuadamente, casi todo lo que se metía en el cuerpo. Los servicios ya no daban abasto y la desproporción entre las instalaciones de este tipo y los barriles de cerveza que se abrían colaboraba cada vez más a la fabricación de ocasionales piscinas amarillentas que perfumarían el recinto durante los próximos dos días.

En el segundo escenario Josele y sus Enemigos cogían carrerilla para demostrar que están en un momento fantástico. Actuaciones como ésta, que vienen repitiéndose dentro de la actual gira, hacen pensar que quizás el grupo está ya en el momento (después de quince años) de empezar a crecer en público con unos volúmenes importantes. "An-tonio", "Todo a cien", "John Wayne" o "Qué bien me lo paso" fueron recibidas con agrado, al igual que pasaría más tarde con "La cuenta atrás", "No amanece en Bouzas" o la peculiar versión que la banda hace sobre el "serratiano" "Señora".

Uno de los platos fuertes previstos para la última hora del festival era la actuación de Mago de Oz, el, hasta ahora, único grupo que, desde las tendencias del heavy metal, ha sido capaz de alcanzar en los últimos años cifras de ventas multitudinarias y consolidarse como un seguro de diversión con sus directos. La banda consiguió un éxito contundente en el Viña amparándose en una producción que, además de contar con todos los tópicos del heavy, abunda en los recursos que tanto gustan al público de este estilo. Pirotecnia, muñecos inflables, muñequeras, vestuario al uso... todo aderezado con una profesionalidad manifiesta y con unas canciones que el público disfrutó en abundancia. La macrobanda (dos guitarras, teclados, bajo, violín, flauta, batería y vocalista) montó un espectáculo que no tiene nada que envidiar (volvemos a lo mismo de siempre) a lo que nos traen las bandas de fuera. Visto lo visto, su colocación en el escenario principal fue un acierto y el recinto no les vino grande en modo alguno.

A esas horas la carpa heavy había terminado su programación, los Enemigos había dado fin al segundo escenario y 7 Notas 7 Colores daba los últimos coletazos en el distrito del hip hop. Tuve tiempo de verles un rato y, aunque a mí personalmente, no me dijeron nada especial, sus seguidores se mostraron encantados justificando por tanto que fueran los encargados de cerrar el cartel dentro del estilo.

Sólo quedaba la actuación de Ska-P que, entre retrasos y refrescos de temperatura, se quedó con menos público del que habría arropado a la banda si hubieran saltado a escena con dos horas de antelación. Con todo, muchísima de la gente que asistió al festival se decantó por aprovechar la oferta en su totalidad, por lo que, si bien no estuvieron todos, los vallecanos contaron con una nutrida parroquia que se puso la mar de contenta cuando empezó a sonar "Derecho de admisión". Mientras iban cayendo "Naval Xixón", "Juan sin tierra" o "Ñapa es" se puso de manifiesto que la mejor manera de combatir el frío era bailar así como lo entendieras. Otros, un poco idos ya por la abrumadora cantidad de bebida ingerida, decidieron montar una hoguerita para acelerar el trámite calefactor, pero, por aquello de la pérdida de orientación, no se les ocurrió otra cosa que hacerlo dentro de una de las carpas que albergaban las barras de bebida. La seguridad, que estuvo viva y acertada, utilizó el extintor (del equipo de Mago de Oz, preparados para todo por si sus fuegos artificiales se desmandaban) para explicar a los frioleros que aquél era el peor sitio para hacer hogueras.

Mientras, "Mosca cojonera", "Planeta Eskoria" o "Cannabis" iban poniendo el cierre al festi que se saldaba, un año más, con un éxito rotundo a nivel de gente y de resultado. Si bien es cierto que uno no puede estar en todos los sitios a la vez y que el enorme cartel hace imposible ver a todas las bandas, la sexta edición del Viña se cerró con un resultado estupendo por parte de Hamlet y de Reincidentes y con un escaparate de lo más acertado para bandas que han demostrado ya que no tienen por qué bajar el listón aunque hayan llegado bastante lejos a nivel de público. S.A., Platero, Mago de Oz y Enemigos evidenciaron que, cada uno en lo suyo, siguen siendo grupos con tirón y con unos resultados fantásticos encima del escenario.

De lo demás sólo se puede comentar lo escuchado en bocas ajenas y los comentarios que el público hace al lado de las barras. Si nos tenemos que guiar por eso, tanto los heavies como la gente del hip hop tuvo también su satisfactoria ración y las pegas fueron mínimas y divididas.

De ese modo, y dado que ya contábamos con vehículo, mi chica y yo nos fuimos a nuestro hotelito (cómo cambian las cosas de un día para otro) a dar cuenta de una buena copa y a dormir hasta que el sol nos despertara.
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