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Territorio de reposo

Entrevistas | 13/04/2005
Quique Gonzalez
Cicatrizado en tiempo y experiencia, con el callo de quien repite, Quique González presenta La noche americana, un disco de vuelta, un revés a los pronósticos que salieron de Kamikazes enamorados, su penúltimo trabajo y ejemplo de que el desamor mal curado ejercita la inspiración. Hoy, recupera la fuerza de la banda clásica gracias a la mudanza desde la pena más profunda a la calma reposada.
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Quique González
Antes de conocer personalmente a Quique González, se puede tener la impresión equivocada, la idea –legada por la intención de los medios, por la tradición de los cantantes que han convertido el solitario en forma de presentación– de que su mirada cabizbaja obsequia timidez. Después de compartir una sesión de fotos en la que evita el cara a cara con el objetivo mientras mantiene la serenidad del cien veces retratado, se adivina en su saber estar una rutina de manual, un dominio relativo del espacio promocional que nadie habría jurado que tuviera. “Me considero menos tímido y menos triste de lo que la mayoría piensa, pero quizá a los directores de revista les gusta decir que lo soy” . Con La noche americana, su quinto trabajo, Quique González oferta una brillantez reversible, y apunta al rock y al americana como cónclaves de su espíritu emprendedor, recuperando el lado eléctrico con que se destapó en Personal . “Sí, yo creo que algo se relaciona con el primer disco. De hecho, lo hemos grabado en el mismo estudio que Personal, al que no habíamos vuelto desde entonces. En los álbumes que vinieron después del primero, había menos guitarra eléctrica. Éste vuelve a ser guitarrero, pero sin embargo creo que es un disco mucho más entero. Aunque en una primera escucha mucha gente pueda pensar que se parece a Personal, cuando lo oigan un poco, verán que se aleja más de mi primer trabajo que del resto” . Aquejado por su voluntad perfeccionista, confiesa haber pretendido mejorar lo presente, para dar a La noche americana un carácter propio, ese matiz de insuperable que algunos artistas sólo consiguen ver como lejano. “Yo no suelo escuchar mucho mis discos, pero cuando los he oído después de un tiempo, y dado que uno siempre es bastante cabrón consigo mismo –aunque la gente no lo note–, he tenido la sensación de que algunas cosas estaban demasiado sufridas, demasiado afectadas, y me he preocupado mucho para que eso no volviera a pasar” .

A Quique González se le ve curtido, acostumbrado al tránsito de las giras, al nudo de querer contar algo y necesitar encontrar ruta y palabras para hacerlo. Lejos ya de sus comienzos, su regreso a la lista de novedades encierra esta vez menos autobiografía y más referencias; menos espejo y más memoria. “Ahora tengo otro tipo de estabilidad. Los discos dependen del momento y de las sensaciones que tienes cuando estás haciendo las canciones y grabándolas. Me apetecía contar cosas mías a través de una estética que no fuera la mía; por eso es más peliculero que autobiográfico. Salvo en algunos momentos, es cierto que no se puede decir que sea un disco confesional” . A partir de su decisión de abandonar el confort de una multinacional para atreverse con su sello (Varsovia!!), reconoce disfrutar de un ámbito en el que manejar a su antojo los límites de una profesión que disfruta, en soledad o acompañado, tanto como para no olvidarse de componer canciones ni de tocarlas, y resume en una única frase el placer de vivir a su aire: “Dejas de perder el tiempo en preguntarte si van a apostar por ti o cuánto les molará lo que haces” . En esa compulsión que es crear, se acuerda de lo que le cuesta detenerse a enseñar temas que ya están listos: “Cuando termino los discos, me encuentro unos días como demasiado vacío. Incluso cuando acabo de terminarlos me gustaría ponerme con otras cosas” .

Si se le comentan los nombres que conducen hasta su reciente disco , las influencias que uno detecta sin querer y que él nunca ha querido reservarse, asiente conforme y repasa su cena con Steve Earle, a quien el azar del escenario puso a compartir con él mantel y concierto. “Algunos me acusan de no escuchar música de ahora, de citar siempre como referencia a veteranos, pero para mí, ellos son leyendas” . De esa dirección conocida hacia la que corren cortes como “Vidas cruzadas”, “Hotel Los Ángeles” o “Nunca escaparán” tiene parte de culpa el origen campestre del disco, alumbrado en la cabaña de Cantabria a la que González ha trasladado su labor, y también el artífice de la masterización, Richard Dodd, que se llevó las trece canciones a Nashville, cuya banda sonora inagotable transpira sin cesar en La noche americana. En todo caso, la madurez del clásico va seguida para González del taconazo de la mezcla, y en “Alhajita” –conocida por la interpretación de Atahualpa Yupanqui– se intuyen además aproximaciones a la guarida y la onda de Caléxico. De su disco espera sobre todo tocarlo, recorrer el territorio de punta a cabo para volver a dejar constancia de un don atribuido y al tiempo propio, que muestra por qué la creación es una necesidad inaplazable, por qué se ha sacado de la guitarra y del piano cinco discos en seis años. “Si no hubiera tenido temas, no habría publicado discos. Pero un día de mi vida me embarqué en esto de hacer canciones y desde entonces no he parado” . Quique González nada a gusto entre las aguas del aplauso y el refugio del tipo íntegro que aspira a ganarse la vida prefiriendo el éxito merecido al que se presta. Ignora respuestas a preguntas que jamás se ha hecho, como las razones de preservar en las portadas de sus discos un apellido común o el nombre que la crítica se reserva para su obra. “Supongo que hay gente para la que siempre seré un cantautor y otra para la que nunca lo seré, e incluso gente para la que jamás será importante una cosa o la otra” . Amable y complaciente en modales y contestaciones, su música despierta la ternura y un desconsuelo que no cesa, que crece al abrigo de su resignación ya casi plácida.
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